Maybe Not Today, Wolf (Español)

Capítulo I

 

Eron llegó puntual, pese al tráfico en Estambul.El edificio era lujoso; dentro, la oficina era sobria, moderna, discreta. Cristales oscuros, muebles simples, luz tenue. No parecía una empresa común, pero tampoco un lugar clandestino. Era uno de esos espacios donde todo se siente caro sin necesidad de demostrarlo.

Un joven lo esperaba dentro.

Estaba de pie junto a la mesa, bien vestido, posiblemente el dueño del edificio. A su lado, un hombre mayor, claramente seguridad privada, observaba todo sin hablar.

Cassian, el hijo menor de la familia Aurex.

—Gracias por venir. Mi padre me envió —dijo sin rodeos—. Quería que fuera yo quien hablara contigo.

Eron lo miró con calma y se acercó a la mesa.

—Entonces dime, ¿de qué se trata el trabajo?

Cassian cruzó los brazos.

—Antes de eso, voy a ser honesto contigo. No sé si todo esto es real.

Eron alzó la vista lentamente.

—¿A qué te refieres con real?

—A lo que se dice de ti. A cómo trabajas —no había burla en su voz, solo desconfianza—. Entiéndeme —añadió—. Mi padre necesita esto hecho y me lo pidió a mí.

—Si viniste a dudar, no pierdas el tiempo —respondió Eron—. Si viniste a encargar algo… ¿dónde y cuándo es?

Cassian hizo un gesto al hombre que lo acompañaba. El guardaespaldas sacó una carpeta y la dejó sobre la mesa.

—No es un trabajo como los demás.

Eron abrió la carpeta sin prisa.

—Explícate.

—Necesitamos al menos un mes. No inmediatamente.

Eron levantó la vista.

—Eso no es un encargo. Eso es una infiltración.

—Lo sabemos.

—Y no es lo que hago.

—También lo sabemos, y podemos pagar hasta un veinticinco por ciento más.

—No es una cuestión de dinero. No funciona así. Es una sola vez, un solo contacto, y ya está.

Cassian respiró lento.

—Necesitamos que la familia se involucre. Que se preocupen. Que pierdan el foco, para que nosotros podamos trabajar.

Eron cerró la carpeta.

—No trabajo como distracción. ¿Qué quieres? ¿Que me haga su amigo?

—Solo necesitamos más de tu tiempo —respondió Cassian—. Nada más.

—No. Yo no hago eso, Cassian.

El guardaespaldas dio un paso al frente, visiblemente molesto.

—Yo le advertí a su padre —dijo— que esto era puro mito. Que nadie puede hacer lo que dicen que él hace. Que todo esto es una estafa.

Eron se acercó despacio. Sin prisa. Sin decir nada. Se detuvo frente a él y apoyó la mano en su hombro. El hombre se puso rígido al instante.

—Espera… —murmuró—. ¿Qué me estás haciendo…?

Su respiración se volvió irregular. Eron no retiró la mano. El sudor le corrió por la frente. Su mano fue a su arma. Se la llevó a la cabeza, temblando, sin llegar a disparar.

Cassian dio un paso atrás.

—¿Qué demonios le estás haciendo?

Eron retiró la mano. El guardaespaldas cayó de rodillas, respirando con dificultad, con la mirada de quien fue al infierno y regresó.

Eron miró a Cassian.

—Ahora ya no te parece una estafa.

Cassian miró a su hombre en el suelo. Luego a Eron.

—No quería ofenderte…

Eron dio un paso atrás, se giró y caminó hacia la puerta.

—Y por eso no voy a hacerlo por más tiempo del necesario. No se queda nadie a mi lado ni cinco minutos de más después de algo así.

Caminó hacia la puerta y salió de la oficina.

Cassian reaccionó casi de inmediato y lo siguió al pasillo.

—Espera —dijo—, por favor.

Eron siguió caminando.

—No voy a volver a decírtelo —respondió sin mirarlo—. No, me interesa.

—No te estoy pidiendo un favor —dijo Cassian—. Te estoy ofreciendo un trato.

Eron no se detuvo.

—Mi padre no acepta un no —continuó Cassian—. Y no tengo otra opción ahora mismo. Por favor.

Eron se detuvo. Cassian se acercó.

—Lo cierro yo —dijo—. Yo pago más.

Eron giró lentamente.

—¿Cuánto?

—Un millón quinientos mil.

—¿Por qué tan caro? ¿Qué le hizo a tu familia?

—Es solo negocios. Nada personal.

Eron lo miró en silencio.

—Limpio —añadió Cassian—. Transferencia directa. Sin condiciones extra. Sin favores futuros.

Eron sostuvo la mirada.

—Te escucho.

Cassian exhaló.

—El objetivo se llama Elio Vorelli. Veinticinco años. No sale sin seguridad, aunque él mismo no lo sepa. Su padre no permite que se mueva sin escolta. La única oportunidad es un torneo de polo en el Kemer Country Club, aquí en Estambul.

Eron levantó una ceja.

—¿Juega?

—Sí. Ama los caballos. Tiene varios. Compite desde niño. Es su único espacio sin seguridad directa. Evento privado. Todo controlado. Ahí la familia baja la guardia.

Cassian lo miró serio.

—Es la única ventana que existe.

Eron guardó silencio unos segundos.

—Un mes… Está bien.

—Sí. Solo este mes. Te envío la mitad del dinero por adelantado, hoy mismo si quieres.

Eron asintió lentamente.

—Dame todo el archivo.

Cassian le entregó la carpeta completa.

—¿El trato se cierra hoy? —era más una pregunta que una afirmación.

Eron tomó la carpeta, sintiendo el peso de los secretos de los Vorelli entre sus dedos. No miró a Cassian.

—Sí. Se cierra el trato.

La puerta del elevador se cerró tras de sí, dejando el pasillo en silencio, solo interrumpido por la respiración aún sofocada del guardia desde la oficina.

 

Dos semanas después.

 

El club de polo en Estambul combinaba lujo y poder en un solo lugar. Solo los miembros podían entrar; el partido era exclusivo. Eron caminaba con paso seguro, vistiendo el uniforme oficial del personal del club: polo blanco con el escudo bordado y pantalones beige. Había estudiado el lugar, y moverse allí era tan natural como en cualquier otro escenario de trabajo.

Antes de dirigirse a los establos, pasó por el campo donde jugaban. El partido estaba en curso. El número once cruzaba la cancha con control firme y movimientos limpios. Sostenía el ritmo del equipo con una seguridad constante. Era Elio Vorelli.

En las gradas privadas, Eron vio a la familia Vorelli. El padre observaba el partido con atención. La madre permanecía sentada a su lado, tranquila. Una de sus hermanas conversaba con otra mujer sin perder de vista el campo. Se veían como una familia feliz y unida.

Eron no se detuvo. Continuó su camino hacia los establos privados, donde solo los dueños y el personal autorizado tenían acceso. Allí fingió limpiar el establo del caballo de Elio; ya sabía exactamente cuál era.

Elio llegó unos veinte minutos después, con su caballo, un semental azabache llamado Ares. Le hablaba en voz baja, sonriendo, relajado. Cuando entró al establo y vio a Eron allí, se asombró. Nunca había nadie en ese lugar.

 

—Hola —dijo Elio.

Eron se detuvo de limpiar, a unos metros, y adoptó una expresión leve de confusión, como si no esperara a Elio allí.

—Disculpa —dijo, bajando el tono—. Me enviaron a limpiar aquí, en el ala norte. No sabía que vendría alguien.

Elio se giró y sonrió con naturalidad.

—No es aquí el ala norte. Estás bastante lejos —respondió—. El ala norte queda al otro lado de las canchas. Pero tranquilo, esto es enorme. A todos nos pasa al principio.

En ese instante, Ares reaccionó. El caballo relinchó con violencia, levantó la cabeza y fijó los ojos en Eron. Comenzó a piafar con fuerza, golpeando el suelo y sacudiendo la cabeza, como si percibiera una amenaza directa.

—Hey, hey… tranquilo —dijo Elio, sujetando las riendas con firmeza—. Tranquilo, Ares.

El animal estaba alterado, fuera de control. Eron dio un paso al frente y se colocó detrás de Elio, apoyando una mano firme sobre su hombro, como si buscara protección frente al caballo.

Esperó la respuesta habitual.

No ocurrió nada.

Ni reacción, ni colapso, ni quiebre.

Lo único que sintió fue una sensación extraña, algo que no sabía describir. Abrió los ojos con asombro.

—¿Cómo…?

Elio seguía concentrado en calmar al caballo, estable, sin ninguna alteración visible.

—Perdón —dijo, logrando que Ares se tranquilizara—. No suele reaccionar así. Es un buen caballo. ¿Estás bien? No te hizo daño, ¿verdad?

Eron retiró la mano de inmediato. Lo miró. Nada había cambiado.

—Sí —respondió—. Todo bien. Mi error. No debí acercarme tanto. Mejor busco el ala norte por fuera.

—Claro —dijo Elio—. Ve por el pasillo lateral. Es más directo.

Antes de que Eron se alejara, uno de los hombres del equipo se acercó con prisa.

—Elio, te necesitan ya —dijo—. Empieza el segundo juego.

Elio asintió. Miró a Eron una última vez y se fue.

—Qué raro lo de Ares… —murmuró.

Luego se dejó llevar por su compañero de vuelta al campo. Eron observó cómo se reintegraba al equipo y retomaba su lugar en el juego con total normalidad. Después giró y se alejó en dirección opuesta.

Salió del club por una de las áreas laterales de servicio y caminó hasta una zona de tránsito cercana a la entrada principal. La calle no estaba llena, pero había movimiento constante: gente caminando, autos pasando, ruido urbano normal. La escena no dejaba de dar vueltas en su cabeza.

—¿Qué pasó allí dentro?

Se detuvo junto a un hombre que esperaba para cruzar. Apoyó la mano en su hombro sin cuidado ni preparación, solo como prueba. Necesitaba comprobar que su poder aún funcionaba.

El efecto fue inmediato.

El hombre parpadeó varias veces. Su respiración se volvió irregular y, sin decir una palabra, dio un paso adelante sin mirar. Un auto lo impactó de lleno al cruzar la vía. El ruido del choque, los gritos y el caos llenaron la calle.

 

Eron no se movió. Observó unos segundos y luego se apartó del lugar con calma. Su poder funcionaba. Seguía intacto. Entonces no era él.

Era Elio.No tenía claro cuál sería el próximo movimiento. Quizá tendría que improvisar. El partido podía terminar y Elio se iría pronto. Regresó al club.

Entró nuevamente, aprovechando la distracción del accidente ocurrido casi en la entrada principal, y fue directo a buscar a Elio.

 

Lo encontró cerca de los corrales exteriores, hablando con uno de los miembros del equipo. Esperó el momento exacto. Cuando Elio quedó solo, Eron se acercó con una expresión distinta, más apagada, más neutra.

—Hey —dijo en tono bajo—. Quería despedirme antes de irme.

Elio se giró.

—¿Todo bien?

—Más o menos. Me acaban de despedir. Dicen que fue por el incidente de antes, por el tema del caballo. Supongo que ya no quieren problemas.

Elio frunció el ceño de inmediato.

—¿Cómo que despedido? Eso no tiene sentido. Si quieres, puedo hablar con el dueño. Mi papá es uno de los mayores inversionistas del club. Esto se puede arreglar fácil.

—No, tranquilo —respondió Eron—. De verdad no hace falta. No, me trataban muy bien.

Elio lo miró unos segundos, evaluándolo.

—Lo siento —dijo al final—. No está bien que te hagan eso por una tontería así. ¿Qué otra cosa sabes hacer?

Eron dudó apenas lo justo para que pareciera real.

—Lo único que sé hacer es trabajar con caballos.

Era mentira.

—¿Y te gusta? Te ves joven…

—Sí, me gusta. Los cuido. También hago algo de limpieza, entrenamiento básico.

Elio bajó la mirada un segundo, pensativo, y luego sonrió con naturalidad.

—Mira… yo tengo varios caballos en casa, no solo a Ares. Si te parece bien, podrías venir a trabajar conmigo. Al menos mientras consigues algo mejor. Podemos hablar con calma de los horarios y de un pago que sea cómodo.

Eron sostuvo su mirada un instante.

—Te lo agradecería mucho.

—Sí —respondió Elio sin dudar—. No es problema. Y así no te quedas sin nada de un día para otro.

Eron asintió.

—Me parece bien. Gracias.

—Te paso la dirección —dijo Elio, sacando el teléfono—. Podemos empezar mañana, si quieres.

—Por mí está bien mañana.

Intercambiaron números. Eron se alejó del club por una salida lateral.

El plan había cambiado por completo, pero el objetivo seguía siendo Elio.

 

Escrito por Ren Sato

佐藤 蓮

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