Una mujer muerta camina por las calles de este pueblo.
Llena con su frialdad de muerta cada pedazo de acera por donde van sus pies morados,
descalzos desde hace medio siglo.
Se detiene en cada casa. Se detiene.
Como quien pide limosnas asoma la cabeza y mira dentro.
Y ve entonces al niño y su juguete unidos por la cuerda,
Y el rostro del juguete que implora libertad.
Ve al viejo y su novela de radio que casi es un murmullo.
Y la risa del viejo que la mira imaginando que es ella quien habla en la novela.
Ve al hombre y la mujer con sus olores a sábanas mojadas,
y el sudor de noches inconclusas que decidieron vengar hoy bien temprano.
Y sigue su camino.
La mujer muerta atraviesa las plazas, los jardines.
Busca lo que no consigue recordar.
En medio del trillo de margaritas ve sus huellas,
los rastros circulares de un camino que ya fue caminado.
Entonces mira atrás, se mira muerta, deteniéndose en las casas de algún pueblo
como quien pide limosnas otra vez.
